lunes, 11 de mayo de 2020


 La Odisea: La búsqueda constante y el retorno a Ítaca

CeCe Torres


Para que Odiseo regresara a Ítaca, tuvieron que pasar veinte años; de los cuáles, diez fueron peleando una guerra que no le correspondía y otros diez intentando encontrar el camino a casa; desafió los obstáculos que los dioses del Olimpo le imponían; convenció a Calipso de dejarlo libre; añorando cada vez más su patria y pasando de una en una todas las pruebas que se le imponían. Al retornar a casa se encuentra con una escena no tan favorable.  El final no se los cuento, pero, desde hace algunos años, me siento como Odiseo, buscando el camino a casa y pasando las pruebas que se me atribuyen, ¿el final? aún busco el camino a Ítaca, sin embargo, los dioses ya han recibido el sacrificio con buenos ojos.

            Aunque disto en parecerme a Ulises, las pruebas que los dioses me habían puesto, al fin estaban cobrando sentido y de una en una se iban librando. Para finales de 2018 me propuse en ahorrar y adopté la postura de una Penélope con su telar de día y en las noches, deshacía el avance, esto para obtener más tiempo. Para cerrar ciclos, algunas personas hacen alguna especie de ritual; un corte de cabello, el guardarropa, un cambio de imagen o dejan el trabajo que los acongoja, relación, un viaje, etc., el chiste es cambiar, habitar otra piel; me encontraba un tanto desubicada por las situaciones previas que había experimentado, como si anduviera todavía conviviendo con los litófagos, pero para nada lo estaba disfrutando. Entonces, tomé la decisión de realizar un viaje; en el trabajo me iba bien; el cambio de ambiente me estaba sentando de maravilla y tenía todavía la cosquillita de conocer el lado norte del país; esto fue gracias al fuereño que narraba (y sigue narrando) maravillas de su tierra.

Diciembre y enero lo único que hacía era en pensar y contar los días que faltaban para emprender el viaje. Cuando el momento llegó, bueno, sentí un dolor abdominal que estuvo conmigo durante toda la semana y creí que era indigestión, pero no, eran los nervios que me invadían. Era la primera vez que me encontraba a muchos kilómetros lejos de casa, de los míos, y sobre todo, algo que hacía por mi propia voluntad; el cambio que necesitaba. Basta con decir que me enamoré de aquel espacio y tiempo; los momentos, lugares y personas que conocí, los llevo y atesoro en mi corazón. Y así será hasta el último momento de mi existencia.

Llegar y ver otra postal, sentir un clima diferente, un horario ajeno, pero que, durante toda una semana se convirtieron en propios. El sentarme en la playa (como buena yucateca pisando tierras ajenas, con el suéter puesto), sentir la brisa fresca de la primavera llegar, avistar montañas rocosas, experimentar otros olores y sabores, enamorarse de las personas como bien me diría la Vane “enamorándome cada 5 minutos de cuanta persona vea pasar”, fue el inicio de un 2019 que más que dejar en el pasado, se ha quedado como uno de los años más aleccionadores que yo haya experimentado.

Durante ese ritual, retomé cosas, conocí a personas, entablé y retomé otras viejas amistades y de ellas aprendí de nuevo. Entre las memorias de Ítaca existen dos:

1. La noche de las papas con harta salsa Sonora y cervezas en el balcón, viendo hacia el puerto, la quietud de las botes y barcos que allá se encontraban, escuchando la música en vivo del restaurante en el fondo. El caer de la noche contándonos y compartiendo nuestras experiencias y de lo que queremos o hacemos para mejorar nuestros ambientes, laborales, de amistad, pareja, familia, etc., etc. Amé por sobre todo esa noche.

2. La piscina bajo la noche estrellada, del porqué terminamos estudiando Literatura y del cómo es que la vida nos puso a los tres en este viaje. El sentir el agua fría cubrir mi cuerpo y el tiritar de mis dientes, pero siendo yo, contando sobre mí y mis frustraciones antes de la facultad. Fue quizá la primera vez después de casi un año que decía algo sin sentir presión o evitando el hablar con los otros.

3. Un plus: La llegada al aeropuerto y sentir el cambio de horario, estación del año y volverlos propios; San Carlos, todos y cada una de sus fotos, el "atajo" para llegar a la playa y caer en cuenta que el señor aquél no era de este mundo por mandarnos por ese camino fácilLas Vistas, La Patrona y la comida por mucho que fue y es deliciosa; el tosticeviche en La Palapita, la Maggie y mi yo pensando "Dios, soy yo de nuevo: que no se me vea la cara de estúpida y enamorada"; aquél minitour cantinero y terminar en La Mansión bailando desde música electrónica y terminar con la de “Vete ya” o “A través del vaso”, volviendo a enamorarme de una desconocida bailando frente a nosotros, pero eso sí, sin destronar a la primera, aunque el Abraham diga que fue por la de camisa de cuadros (si me rompía y no en el buen sentido). Ver tirados en la cama con las cortinas color infierno “Las locuras del Emperador”; el Salem; la carnita asada, las tortillas, las coyotas; la caminata buscando tortillas y los burros; el viento, la arena, el sol, las playas; caminar y escuchar nada y todo al mismo tiempo. Los olores propios de Hermosillo, las calles, el museo que pensamos no nos iban dejar pasar. El corazón de Cristo jajajaja… Aún hay más, yo sé, pero es mío… 

No me quiero ir Señor Stark…

Odiseo hizo amistades que lo fortalecieron y lo hicieron valeroso; creó lazos que la distancia, el clima y horario no los pudo romper; lazos de hermandad que trajo un gran beneficio inclusive hasta para su propio hijo Telémaco. Repito, disto de ser Odiseo y, en todo caso sería Odisea, pero, para llegar a ser valiente e inteligente, faltan más pruebas que saldar, mientras tanto, me conformo con ser la que se pone cera en los oídos y deja de escuchar a las sirenas por un momento y se concentra en el vaivén de las olas que golpean el barco a punto de romperse en alta mar.

Durante mi proceso de escritura, recordé a Lavinia regresando a Faguas viviendo momentos de tensión, temor y miedo a ser violentada, arrestada, llevada a las mazmorras y ser violada por los simpatizantes o por el mismo General. Ese miedo que invadía su cuerpo y de cómo gracias a Itzá, tomó el control de su vida y poco a poco se vio envuelta en una revolución social, y al mismo tiempo una revolución propia, personal. De pronto Lavinia se ve habitada y habitando su cuerpo. Todavía hay momentos que me siento como Lavinia, pero Itzá comienza a habitarme y me infunde de ese jugo, el “Sin miedo no hay victoria” que solía decirme, pero que también había olvidado.

Sí, he nombrado este viaje mi Ítaca porque la idea principal era esa; el aquelarre en medio del desierto después de leer a La Odisea, retomar sus memorias y al cielo desértico durante la noche gritar “Nadie”, para luego caer en cuenta que soy "Toda yo", o al menos eso quiero cree.