Cuando la carne duele
de amor
CeCe Torres
-Es que nos hemos
acostumbrado a considerar el desarrollo en términos de contradicciones, de
verdades excluyentes. Si lo ideal no es alcanzable, se descarta. Se le
atribuyen ilusiones perniciosas. Se le cubre de burla, o, en el mejor de los casos,
escepticismo. ¿Qué pasa si se altera esa perspectiva? ¿Si lo ideal y lo real se
consideran valores necesarios en una dinámica infinita de encuentros y
desencuentros? ¿Si se piensa que es imprescindible que exista el uno para el
movimiento ascendente del otro? ¿Por qué descartar lo ideal, Melisandra? ¿Por
qué descalificar el valor que tienen los sueños? Es en la búsqueda de sueños
que la humanidad se ha construido. En la tensión perenne entre lo que puede ser
y lo que es, estriba el crecimiento.
Waslala. La búsqueda de
una civilización perdida – Gioconda Belli
Estaba yo en el baño pensando en todo
lo que quería escribir, las ideas se agolpaban como caballos navegando o
queriendo salirse de su corral. El día de ayer me desperté y algo se sentía
extraño, no lo sé, no parecía un lunes, pero tampoco otro día de la semana; el
ambiente estaba en silencio y honestamente no sabía cómo actuar; confieso que
no actué como se supone era lo que se pedía hacer para al 9M; esporádicamente
platicaba con una amiga y terminé por sentarme a ver una serie de época, donde
a las mujeres se les prohibía participar de los eventos o a opinar de las
cuestiones políticas. Una mujer es la protagonista.
Previo a lo que iba a ocurrir, el 8 se
realizó la marcha del “Día internacional de la mujer” y asistí por primera vez;
me gustó, fue tan emotivo, “pacífico”, sororo y sobre todo ver a tanta mujer me
causó una felicidad que me es imposible describir. Vi caras nuevas, conocidas y
también conocí a otras más. Después de ello, a mi madre le mencioné que por
nada del mundo iba a realizar actividades al día siguiente, no estuvo muy
convencida. No la juzgo, al contrario, la entiendo; me causa un tanto de
descontento, desmotivo y tristeza escuchar, leer o ver que personas cercanas y
tan queridas para mí y sobre todo mujeres, compartan ideas tan diferentes a las mías, en cuanto se
refiere al feminismo. Admito que me falta mucho por conocer y estudiar sobre el
tema; existen todavía cosas que no logro entender y hay otras que en la teoría las
entiendo, pero en la práctica, no sé cómo realizarlas.
No puedo llegar con mi madre, por ejemplo,
e imponer mi forma de pensar; el mundo, su mundo, lo concibe de una forma
diferente a la mía y yo, he construido y sigue en construcción, un mundo que
quizás y no lo disfrute, pero que las próximas generaciones sí lo harán. Tampoco
puedo sentarme a esperar a que ella quiera aceptar mi manera de ver la vida, y
así con todas.
Hoy, abrí el Facebook; me topé con
tantas imágenes, comentarios, a favor, en contra: esas no son las formas,
elimíname si mi post te ofende; ¿por qué si vine a trabajar?, es una lucha de
gente buena contra gente mala, “efectivamente, somos más los buenos”; México no
se construyó a base de marchas pacíficas; estudia para que no creas que vandalizando se hará un
cambio, no me representan; fue una marcha pacífica; los monumentos se hicieron
para ello, ojalá y se mantenga para dar fe de lo ocurrido… la lista puede
seguir. Me dio muchísimo gusto leer comentarios y compartida de imágenes y
fotos, de personas que apoyan la causa por medio de esos actos “violentos”. Se
me enchina la piel cada que veo que postean fotos o alguna reflexión al
respecto.
La violencia genera más violencia, y
estoy en total de acuerdo con ello; no tengo el valor suficiente de ponerme un
pasamontaña y hacer pintas en las calles, en las paredes y sobre todo recalcar
a las personas (llámense periodistas, camarógrafos, policías, paramédicos,
alguno que otro transeúnte haciéndose al gracioso) que la marcha fue única y
exclusiva para y por mujeres, y que las pintas tienen un porqué. Lo violencia
no se manifiesta en quemar una camioneta que resulta ser de las propias chicas
que fueron a la manifestación “jajaja, hasta para eso son pendejas”, eso no es
lo que importa. El romper una ventana, una puerta, pintar las paredes, llamar macho
pendejo al que anda riéndose y también a la que se ríe de nosotras, no es
vandalismo, no es violencia. La violencia es precisamente burlarse de lo que
las feministas hace(mos)n.
La violencia comienza cuando por
pensar diferente a mí, te sientes con el derecho de agredirme o haciendo un
comentario fuera de lugar; cuando por ser mi pareja o no, me prohíbes salir con
amigos, sean hombres o mujeres; cuando cuestionas la sexualidad del que va
vestido diferente a ti; cuando después de mucho tiempo de noviazgo, te piden la
“prueba de amor” sabiendo que no deseas hacerlo y si así lo deseas, no te
sientes lista para hacerlo; la violencia existe desde que te dicen que por ser
la mujer de la casa estás obligada a cocinar, lavar, planchar o vestirte de una
forma. Un sistema que nos inculcan desde pequeñas y si tienes suerte, puedes
llegar a estudiar hasta la secundaria, pero si corres con más suerte, la prepa;
no sueñes con la universidad, eso es más y no se tiene los medios suficientes
para ello (eso también es violencia). Y nadie me lo ha contado, eso lo he
vivido en carne propia, todo y cada uno de los puntos mencionados con
anterioridad.
La violencia es escuchar cuando tus
padres hablan de diferentes temas y de pronto, mamá está dando su opinión, pero
a papá no le parece y la manda callar; es verlo salir de casa un sábado o
domingo y rezarle a Dios de que no regrese borracho y si así lo hace, que
llegue a dormir. Es escuchar cuando se mofan de los homosexuales y sentir miedo
porque tú formas parte de la comunidad LGBT+ y no sabes cómo decirles que el
alma te duele porque acabas de terminar una relación. Es ver cómo tu hermano,
al que considerabas un ejemplo a seguir, se ha convertido en un ser
completamente extraño y de cómo ha influido en tu hermana, al grado de volcar
todas sus frustraciones en tus padres, pero más en tu madre porque “eres la
alcahueta de todas las pendejadas que hace mi papá”.
Violencia es cuando escuchas a los
conocidos decir que sus novias son unas dramáticas y que ellos han cogido con
otras viejas porque “mi novia no
estaba de humor y yo traía ganas”. Es cuando escuchas hablar de que fulano o
mengano tiene una amante y repudias
el actuar de ella, pero no la de él. La violencia también es cuando un niño de
5-6 años llora y salen con el de “no debes llorar, te está viendo la hembra”. Es
violencia cuando sales a la calle con la pinche ropa que tú quieras y aparecen
los “románticos y sus piropos” porque te ves muy guapa; es violencia cuando vas
a la escuela (17 años), el camión hasta el culo de lleno y de pronto sientes
cómo algo se va frotando en tu pierna, el miedo te invade y cuando pides
parada, logras escuchar una voz que te causa asco “¿ya te vas a bajar?”, y
creer que ese momento se va a quedar en el olvido, pero no, de vez en cuando
sale a relucir. Violencia es escuchar que te digan “Tenías que ser mujer” “¿Entonces
qué eres? ¿Bisexual o lesbiana?, pero creo no te han cogido bien y por eso
estás confundida?”; también es violencia cuando te tachan de puta solamente por
querer vivir y experimentar tu sexualidad, porque “una señorita bien no hace
ese tipo de cosas”; la violencia es cuando tus amigas, familia misma, dicen que,
las viejas locas esas que van a las marchas son unas pendejas, que no tienen
nada qué hacer, pierden el tiempo, mejor y se quedan en sus casas, educando a
sus hijos o trabajando porque así sí se hará el cambio y no lo que esas “piches
feminazis hacen”, porque son unas huevonas... y le puedo continuar.
La violencia no es pintar las
paredes, gritar “muerte al patriarcado”, tampoco es romper vidrios y ventanas
frente a Palacio Nacional, tirar brillantina, hacer un paro nacional, o marchar
un domingo o cualquier otro día de la semana exigiendo justicia por aquellas
mujeres que no conocimos y que nunca conoceremos. La violencia la hemos
ejercido todas y todos en cualquier punto de nuestra vida; comienza con la
indiferencia, volver la vista cuando escuchamos, vemos y nos reímos de cómo
aquellas mujeres salen a levantar la voz por todas, sin importar la ideología,
si estás casada, divorciada, viuda; tu preferencia sexual, si eres o no una
conocida o familiar.
Rayar, pintar, quemar es solo la gota
que derramó el vaso; se le llama cansancio, frustración, impotencia, rabia.
Catarsis. Una catarsis colectiva,
aunque no estoy segura de emplear de manera correcta el concepto en esta
ocasión.
No espero que me entiendan o que
compartan la misma opinión que yo tengo, mucho menos es tratar de “imponer una
ideología o mi ideología”, y si leíste hasta acá, reflexiona, analiza y créate una
consciencia para evitar tirarle odio a las personas, las mujeres, sobre todo, que no piensan igual que
tú, pero que salen a las calles pidiendo justicia, gritando, pintando y rayando
pensando no solo en ellas, sino también en ti y todas aquellas que no están de
acuerdo con la violencia que hacen. Amor y justicia por las que ya no están, las que ya no vuelven, las que soñaban y anhelaban volver, pero que ya no podrán.
Sí, la violencia causa más violencia,
pero la carne duele de amor.