martes, 10 de marzo de 2020



Cuando la carne duele de amor
CeCe Torres

-Es que nos hemos acostumbrado a considerar el desarrollo en términos de contradicciones, de verdades excluyentes. Si lo ideal no es alcanzable, se descarta. Se le atribuyen ilusiones perniciosas. Se le cubre de burla, o, en el mejor de los casos, escepticismo. ¿Qué pasa si se altera esa perspectiva? ¿Si lo ideal y lo real se consideran valores necesarios en una dinámica infinita de encuentros y desencuentros? ¿Si se piensa que es imprescindible que exista el uno para el movimiento ascendente del otro? ¿Por qué descartar lo ideal, Melisandra? ¿Por qué descalificar el valor que tienen los sueños? Es en la búsqueda de sueños que la humanidad se ha construido. En la tensión perenne entre lo que puede ser y lo que es, estriba el crecimiento.

Waslala. La búsqueda de una civilización perdida – Gioconda Belli

Estaba yo en el baño pensando en todo lo que quería escribir, las ideas se agolpaban como caballos navegando o queriendo salirse de su corral. El día de ayer me desperté y algo se sentía extraño, no lo sé, no parecía un lunes, pero tampoco otro día de la semana; el ambiente estaba en silencio y honestamente no sabía cómo actuar; confieso que no actué como se supone era lo que se pedía hacer para al 9M; esporádicamente platicaba con una amiga y terminé por sentarme a ver una serie de época, donde a las mujeres se les prohibía participar de los eventos o a opinar de las cuestiones políticas. Una mujer es la protagonista.

Previo a lo que iba a ocurrir, el 8 se realizó la marcha del “Día internacional de la mujer” y asistí por primera vez; me gustó, fue tan emotivo, “pacífico”, sororo y sobre todo ver a tanta mujer me causó una felicidad que me es imposible describir. Vi caras nuevas, conocidas y también conocí a otras más. Después de ello, a mi madre le mencioné que por nada del mundo iba a realizar actividades al día siguiente, no estuvo muy convencida. No la juzgo, al contrario, la entiendo; me causa un tanto de descontento, desmotivo y tristeza escuchar, leer o ver que personas cercanas y tan queridas para mí y sobre todo mujeres, compartan ideas tan diferentes a las mías, en cuanto se refiere al feminismo. Admito que me falta mucho por conocer y estudiar sobre el tema; existen todavía cosas que no logro entender y hay otras que en la teoría las entiendo, pero en la práctica, no sé cómo realizarlas.

No puedo llegar con mi madre, por ejemplo, e imponer mi forma de pensar; el mundo, su mundo, lo concibe de una forma diferente a la mía y yo, he construido y sigue en construcción, un mundo que quizás y no lo disfrute, pero que las próximas generaciones sí lo harán. Tampoco puedo sentarme a esperar a que ella quiera aceptar mi manera de ver la vida, y así con todas.

Hoy, abrí el Facebook; me topé con tantas imágenes, comentarios, a favor, en contra: esas no son las formas, elimíname si mi post te ofende; ¿por qué si vine a trabajar?, es una lucha de gente buena contra gente mala, “efectivamente, somos más los buenos”; México no se construyó a base de marchas pacíficas; estudia para que no creas que vandalizando se hará un cambio, no me representan; fue una marcha pacífica; los monumentos se hicieron para ello, ojalá y se mantenga para dar fe de lo ocurrido… la lista puede seguir. Me dio muchísimo gusto leer comentarios y compartida de imágenes y fotos, de personas que apoyan la causa por medio de esos actos “violentos”. Se me enchina la piel cada que veo que postean fotos o alguna reflexión al respecto.

La violencia genera más violencia, y estoy en total de acuerdo con ello; no tengo el valor suficiente de ponerme un pasamontaña y hacer pintas en las calles, en las paredes y sobre todo recalcar a las personas (llámense periodistas, camarógrafos, policías, paramédicos, alguno que otro transeúnte haciéndose al gracioso) que la marcha fue única y exclusiva para y por mujeres, y que las pintas tienen un porqué. Lo violencia no se manifiesta en quemar una camioneta que resulta ser de las propias chicas que fueron a la manifestación “jajaja, hasta para eso son pendejas”, eso no es lo que importa. El romper una ventana, una puerta, pintar las paredes, llamar macho pendejo al que anda riéndose y también a la que se ríe de nosotras, no es vandalismo, no es violencia. La violencia es precisamente burlarse de lo que las feministas hace(mos)n.

La violencia comienza cuando por pensar diferente a mí, te sientes con el derecho de agredirme o haciendo un comentario fuera de lugar; cuando por ser mi pareja o no, me prohíbes salir con amigos, sean hombres o mujeres; cuando cuestionas la sexualidad del que va vestido diferente a ti; cuando después de mucho tiempo de noviazgo, te piden la “prueba de amor” sabiendo que no deseas hacerlo y si así lo deseas, no te sientes lista para hacerlo; la violencia existe desde que te dicen que por ser la mujer de la casa estás obligada a cocinar, lavar, planchar o vestirte de una forma. Un sistema que nos inculcan desde pequeñas y si tienes suerte, puedes llegar a estudiar hasta la secundaria, pero si corres con más suerte, la prepa; no sueñes con la universidad, eso es más y no se tiene los medios suficientes para ello (eso también es violencia). Y nadie me lo ha contado, eso lo he vivido en carne propia, todo y cada uno de los puntos mencionados con anterioridad.

La violencia es escuchar cuando tus padres hablan de diferentes temas y de pronto, mamá está dando su opinión, pero a papá no le parece y la manda callar; es verlo salir de casa un sábado o domingo y rezarle a Dios de que no regrese borracho y si así lo hace, que llegue a dormir. Es escuchar cuando se mofan de los homosexuales y sentir miedo porque tú formas parte de la comunidad LGBT+ y no sabes cómo decirles que el alma te duele porque acabas de terminar una relación. Es ver cómo tu hermano, al que considerabas un ejemplo a seguir, se ha convertido en un ser completamente extraño y de cómo ha influido en tu hermana, al grado de volcar todas sus frustraciones en tus padres, pero más en tu madre porque “eres la alcahueta de todas las pendejadas que hace mi papá”.

Violencia es cuando escuchas a los conocidos decir que sus novias son unas dramáticas y que ellos han cogido con otras viejas porque “mi novia no estaba de humor y yo traía ganas”. Es cuando escuchas hablar de que fulano o mengano tiene una amante y repudias el actuar de ella, pero no la de él. La violencia también es cuando un niño de 5-6 años llora y salen con el de “no debes llorar, te está viendo la hembra”. Es violencia cuando sales a la calle con la pinche ropa que tú quieras y aparecen los “románticos y sus piropos” porque te ves muy guapa; es violencia cuando vas a la escuela (17 años), el camión hasta el culo de lleno y de pronto sientes cómo algo se va frotando en tu pierna, el miedo te invade y cuando pides parada, logras escuchar una voz que te causa asco “¿ya te vas a bajar?”, y creer que ese momento se va a quedar en el olvido, pero no, de vez en cuando sale a relucir. Violencia es escuchar que te digan “Tenías que ser mujer” “¿Entonces qué eres? ¿Bisexual o lesbiana?, pero creo no te han cogido bien y por eso estás confundida?”; también es violencia cuando te tachan de puta solamente por querer vivir y experimentar tu sexualidad, porque “una señorita bien no hace ese tipo de cosas”; la violencia es cuando tus amigas, familia misma, dicen que, las viejas locas esas que van a las marchas son unas pendejas, que no tienen nada qué hacer, pierden el tiempo, mejor y se quedan en sus casas, educando a sus hijos o trabajando porque así sí se hará el cambio y no lo que esas “piches feminazis hacen”, porque son unas huevonas... y le puedo continuar.

La violencia no es pintar las paredes, gritar “muerte al patriarcado”, tampoco es romper vidrios y ventanas frente a Palacio Nacional, tirar brillantina, hacer un paro nacional, o marchar un domingo o cualquier otro día de la semana exigiendo justicia por aquellas mujeres que no conocimos y que nunca conoceremos. La violencia la hemos ejercido todas y todos en cualquier punto de nuestra vida; comienza con la indiferencia, volver la vista cuando escuchamos, vemos y nos reímos de cómo aquellas mujeres salen a levantar la voz por todas, sin importar la ideología, si estás casada, divorciada, viuda; tu preferencia sexual, si eres o no una conocida o familiar.

Rayar, pintar, quemar es solo la gota que derramó el vaso; se le llama cansancio, frustración, impotencia, rabia. Catarsis. Una catarsis colectiva, aunque no estoy segura de emplear de manera correcta el concepto en esta ocasión.

No espero que me entiendan o que compartan la misma opinión que yo tengo, mucho menos es tratar de “imponer una ideología o mi ideología”, y si leíste hasta acá, reflexiona, analiza y créate una consciencia para evitar tirarle odio a las personas, las mujeres, sobre todo, que no piensan igual que tú, pero que salen a las calles pidiendo justicia, gritando, pintando y rayando pensando no solo en ellas, sino también en ti y todas aquellas que no están de acuerdo con la violencia que hacen. Amor y justicia por las que ya no están, las que ya no vuelven, las que soñaban y anhelaban volver, pero que ya no podrán.

Sí, la violencia causa más violencia, pero la carne duele de amor.